Aguas más cálidas, cultivos de ostiones diezmados, marejadas que destruyen infraestructura millonaria: lo que hoy golpea el mar de Coquimbo no es un fenómeno lejano para Tarapacá. Es el mismo océano, el mismo evento climático, y ya está tocando con fuerza el borde costero de la región. Los científicos son claros: el “Niño Costero” de 2026 no es un evento menor, sino un fenómeno de magnitud extraordinaria que está reescribiendo las reglas del mar.
El calentamiento de las aguas frente a la costa de Chile es una realidad confirmada. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) mantiene el sistema bajo advertencia de El Niño. Los números no dejan dudas: a finales de julio de 2026, la anomalía térmica en la región Niño 3.4 llegaba a +1,2 °C, pero en la franja costera Niño 1+2 —la más próxima a Sudamérica— ya marcaba +2,7 °C.
“Ahora se puede hablar objetivamente de un súper Niño”, afirmó el meteorólogo Jaime Leyton. El Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (SENAMHI), por su parte, proyecta que el Niño Costero continuará con una magnitud más probable entre fuerte y extraordinaria hasta el verano de 2027.
En Tarapacá, el Instituto de Fomento Pesquero (IFOP) presentó los resultados de su monitoreo de El Niño 2026 y confirmó que las condiciones cálidas se instalaron desde abril y persistirán al menos hasta octubre. No se trata de una anomalía pasajera: es un cambio de régimen.
El “doble efecto”
El biólogo marino Héctor Basaure, investigador de la Universidad Católica del Norte, describe el impacto del alza térmica sobre los organismos marinos como una trampa mortal de “doble efecto” que se repite en cada bahía del norte, desde Tongoy hasta Iquique. “El aumento de la temperatura acelera el metabolismo de los animales marinos y, al mismo tiempo, acelera la descomposición de la materia orgánica en la columna de agua, lo que disminuye el oxígeno disponible. El organismo enfrenta una encrucijada crítica: requiere respirar más porque su metabolismo está acelerado, pero dispone de mucho menos oxígeno en el ambiente”, explica.
Cuando estos episodios de hipoxia se prolongan por un mes o más, advierte Basaure, “las pérdidas y la mortalidad a nivel de acuicultura pueden ser de gran escala”. En Tarapacá, donde la acuicultura y la pesca artesanal sostienen a miles de familias, ese escenario ya no es una proyección: es el presente.
Las lluvias costeras
La crisis no viene solo del mar. Las intensas precipitaciones registradas en la zona precordillerana y alta han arrastrado toneladas de sedimentos, detritos y materiales hacia la franja costera, sumando un segundo foco de estrés para los cultivos. Especies como el piure, la ostra japonesa o el ostión son organismos filtradores, y ahí está el problema: “Cuando hay un gran aporte de sedimentos finos arrastrados por las lluvias desde la cuenca alta, se genera un bloqueo mecánico en sus sistemas de filtración, perjudicando directamente su capacidad para alimentarse”, detalla el especialista.
En Tarapacá, las lluvias costeras ya son una realidad: el seremi de Gobierno de la región informó que se proyectan nuevas precipitaciones en el litoral, mientras los sistemas de lluvia siguen afectando buena parte del territorio. La combinación de aguas cálidas, sedimentos y menor oxígeno configura un escenario de alta vulnerabilidad para todo el ecosistema marino.
Marejadas y destrucción
El incremento de la energía del oleaje y de las corrientes marinas asociadas a estos fenómenos está causando destrozos en los sistemas de cultivo suspendido. Las marejadas cortan las “linternas” donde se cultivan los ostiones y destruyen las boyas que dan flotabilidad a las líneas. “Esto no solo significa la pérdida directa de los organismos que caen al fondo del mar, sino también un golpe económico tremendo por la destrucción de insumos y equipos acuícolas, cuyos costos en el mercado son elevados”, concluye Basaure.
En el Norte Grande, marejadas con olas de hasta tres metros ya afectan el borde costero de Arica y Tarapacá. La infraestructura pesquera y acuícola, muchas veces precaria, enfrenta un embate que no da tregua.